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Historias de mi Tierra

La muerte del general Antonio José de Sucre

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Autor intelectual: José María Obando, quien luego sería vicepresidente de Colombia y posteriormente presidente.

Otro detalle, Obando murió del mismo modo que el General Sucre. En 1861 se dirigió a Bogotá para apoyar la rebelión de Mosquera contra el presidente conservador Mariano Ospina Rodríguez, pero fue emboscado y muerto en Cruz Verde (actual municipio de El Rosal (Cundinamarca).

Autores materiales:

Apolinar Morillo

El Crimen de Berruecos. Todos ellos señalaron que Sucre recibió cuatro balazos mortales (también nuestro director José Sant Roz en un trabajo reciente enumera los cuatro balazos) repartidos más o menos de esta manera:

1.-  En la tetilla derecha que ha debido matarlo instantáneamente.

2.-  Otro que le perforó la cabeza.

3.-  Una que le traspasó la oreja y salió por la nariz.

4.- Y la última en este orden le dio en la garganta. (¿Cómo pudo gritar y exclamar ¡Ay balazo! con un tiro en la garganta)

El cráneo de Antonio José de Sucre fue examinado por los ilustres miembros de la Facultad de Medicina de Quito, el 15 de abril de 1900. En la foto del cráneo y del sombrero que llevaba puesto en esa terrible mañana, se pueden apreciar las perforaciones producto de los balazos que recibió.

Los balazos

 Alfonso Rumazo González indica que el héroe de Pichincha y Ayacucho recibió cuatro balazos y da a entender que las balas asesinas llevaban grabados el nombre de cada uno de los criminales. ¡Insólito, verdad! —Veamos:

Señala el escritor que una de las balas, la del coronel Morillo, dio en la tetilla derecha y lo mato instantáneamente. Los disparos de los otros hicieron impacto superficial en la cabeza y perforaron el sombrero; una bala traspaso de la oreja a la nariz; otra roso levemente la garganta; Rodríguez hirió el cuello de la mula, que salió en desaforada carrera (No era una mula si no un macho).

El negro Caicedo el ayudante del Mariscal en su declaración jurada y que se encuentra en el expediente en ocasión al asesinato de Sucre. Que al siguiente día por la mañana sepulta dicho cadáver en el expresado sitio de la Capilla, y antes de esto vio que tenía tres heridas de bala y cortadas, una en el corazón, otra en una oreja y otra en el pescuezo.

En el expediente secreto sobre el crimen de Berruecos nos trae lo siguiente: “Que efectivamente el seis del que corre llego a la Venta en unión de los comisionados referidos Fidel Torres y el de armas de Pasto Antonio Mariano Mares con el cirujano Flor, y que para el reconocimiento de las heridas se desenterró el cadáver a presencia del mencionado comandante de armas, fiscal de la causa, del comandante Torres secretario de ella , del cirujano Flor y del que declara, notándole una herida en la tetilla izquierda de postas reales y otra de bala rasa que le atravesaba el cráneo , con lo que se concluyó dicho acto, volviéndolo a enterrar…”.Como podemos observar entre todas las hipótesis sobre los balazos que recibió Sucre, jurídicamente, está parece ser la más acertada.

También el historiador Rumazo González en su libro “Sucre” sobre el crimen de Berruecos:

Bueno es recordar en este aparte que el Gran Mariscal de Ayacucho es una figura que se agiganta después de esa famosa batalla peruana, a quien muchos le temían por tantos éxitos no solo militares sino políticos o de Estado, al consolidar la República Boliviana, creada por el caraqueño Bolívar. Si a esto sumamos que el cumanés a su paso por Quito se enamora de una dama de la localidad algo gordita, que llega a aprisionarle el corazón, o sea la ennoblecida doña Mariana Carcelén y Larrea, que usara el título nobiliario de Marquesa de Solanda, con quien casa por poder dado sus trajines políticos que lleva a cabo muy lejos de Quito, y con quien piensa desde luego establecerse en dicha ciudad, una vez terminados los afanes que lleva a cabo.

La noticia de su residencia en dicha ciudad no cae muy bien que digamos dentro del grupo de caudillos que están dispuestos a gobernar por siempre en aquellos territorios que en su amplitud de extienden desde Popayán hasta el sur de Guayaquil, para lindar con el Perú, y entre estos capitostes de fortuna se hallaban algunos como Juan José Flores, nativo de Puerto Cabello en Venezuela, que será Presidente del Ecuador, hombre tenebroso y de marramucias capaz de cualquier cosa para arribar al poder, José  Hilario López, payanés, sibilino en el trato que es otro general de cuidado, luego Presidente de Colombia, y el tenebroso payanés José María Obando, también futuro Primer Magistrado de Colombia, quien no se detiene en el asesinato para obtener ganancias y poderío. Así las cosas, tanto para el general Flores como para el otro José María Obando, la figura del mariscal Sucre sobraba en Quito, y por tanto había que eliminar solapadamente al recio contendor. Como antes lo habían querido hacer en Bolivia. En los preparativos serios del magnicidio dio la coincidencia que el coronel Apolinar Morillo decidió regresar hacia el Norte, con la intención de volver a Venezuela y posiblemente a su terruño de San Lázaro, donde le esperaba alguna familia que tenía muchos años de no verlo, y como para aquel tiempo a fin de viajar se requería una autorización especial o pasaporte para evitar inconvenientes, el trujillano visita a su paisano general Flores en la solicitud de este salvoconducto viajero, a lo que desde luego éste no se opone y al contrario le entrega una carta cerrada y acaso lacrada para que con   lo  privado que contiene Morillo la entregue en Popayán y en propia mano al “tigre” (alias o apelativo por el olor que despedía) José María Obando. Y con este pasaporte Apolinar Morillo se despide de Flores y de Quito para tramontar la sierra que lo espera al paso de buena caballería mular, de donde transita por el camino real de Tulcán, Pasto y con calor y vientos fríos entra en el neogranadino Popayán, asiento y cuartel del general Obando, donde no está al cabo de saber la misión que le espera y el suplicio mental que lo acompañará para toda la vida.

La entrevista de ambos personajes fue larga y cordial, con muchas imágenes de la guerra, mientras a Obando se le iluminaba el seso, que no el entendimiento, al pensar de una manera horrible, que fue cuando le dijo a Morillo, sin mayores rodeos que dada su condición de militar y como hombre de confianza, que ya se lo expresara Flores, lo tenía escogido para llevar a cabo una misión secreta en la serranía cercana con personal a  su mando, o sea eliminar físicamente al cumanés Antonio José de Sucre, por el temor que se tenía respecto al mando definitivo que iba a ejercer en amplios lugares del Ecuador y sur de Colombia. Por el principio castrense de la ciega obediencia, que no puede ser rechazado y para evitar consecuencias en su persona y traslado, ayuno de disputas tuvo que aceptar la encomienda fatal sin esgrimir objeciones, poniéndose así en contacto con el guerrillero mestizo José Eraso (cómplice que indica el sendero a seguir), pastuso de la confianza de Obando y con dos más ayudantes,  de donde tal cuarteto siniestro se dirige hacia el sitio montuoso de Berruecos, en el camino que viene de Neiva por Popayán, y que  con poca escolta transitara plácidamente ese gris viernes 4 de junio de 1830 el mariscal Sucre proveniente de Bogotá y una vez terminada la labor parlamentaria que a la cabeza  del Congreso Admirable efectuara en la capital de la república, así como de haberse despedido, quizás presintiendo ambas muertes, con el Presidente de Colombia, Simón Bolívar. Sobre este vil asesinato en que participan además dos peruanos y un colombiano tolimense, fuera del coronel Morillo, quien es considerado el autor material, porque el intelectual hoy nadie niega que fue Obando, se ha escrito innumerables estudios, dada la importancia a fin de recuperar información por la calidad que tenía el occiso, aunque para otros este hecho bochornoso no era entendido tan grave dentro de la situación de la época, al considerarlo uno más caído en la contienda. Sobre este muerto de lujo, “el Abel de Colombia”, como lo llamara Bolívar, se ha escrito mucho en el trance hacia la vida eterna, y para ello basta con citar los estudios que reposan en la fundación-biblioteca Luís Ángel Arango, de Bogotá, y el excelente trabajo de análisis e interpretación llevado a cabo por el erudito académico de origen catalán Manuel Pérez Vila.

Luego del deceso del Mariscal llovieron publicaciones, y aún llueven sobre tan maligno hecho, pero como el tiempo olvida, aunque no todo, así como el amor deja rescoldos, y en cuanto nos corresponde hablar del coronel Morillo continuaremos diciendo que durante un tiempo permanece por tierras payanesas, a las órdenes y el patrocinio de Obando, quien por cierto afirma al escribir sobre el trujillano militar que “gozaba de una reputación de conocimientos militares”, al tiempo que combate en Popayán y el sitio de García, como también en La Chanca, donde es herido en combate, desde luego bajo la protección caudillista de José María Obando, aunque cansado de este trajinar guerrero y obtenido el permiso respectivo con la idea y el recuerdo del San Lázaro natal resuelve proseguir el viaje de regreso a Venezuela, pero los manes del destino le hacen otra jugada, esta vez con Cupido, pues en la acogedora región caleña en ese viaje sin retorno se enamora y decide formar hogar o pareja con alguna dama del lugar, retirándose así de la vida pública para vivir al calor de la familia y de los hijos que procrea, aunque nobleza obliga y por ello tiene una nueva actuación guerrera en Palmira, cerca de Cali. Los años pasan, el trabajo de la tierra en que se desempeña es sin cesar, aunque la falta de sueño le cambia el carácter, al recordar el momento en que ve caer a Sucre atravesado por una bala, de donde se vuelve locuaz y más cuando el aguardiente cañero estremece su alma, de donde también por esa vida intranquila que le ataca comienza a envejecer en forma prematura.

Pero ocurrió un hecho inesperado que va a permitir desencadenar toda esa acumulación de sufrimientos que llevaba adheridos al espíritu el trujillano por aquello de la muerte de Sucre, y fue que a mediados del año 1839 en la ciudad de Pasto es detenido por un hecho severo pero de menor cuantía el mestizo José Erazo, y en los recios interrogatorios a que se le destina, por causas circunstanciales advenidas que nada tienen que ver con esa detención, algún interrogador perspicaz atrapa una evidencia sobre la muerte de Sucre, de donde cercado por  las razones que le endilgan Eraso declara que acompañó a Morillo y sus seguidores hasta el sitio de Berruecos, y que el autor material de ese deceso había sido el coronel Apolinar Morillo. Ante esta confesión clara que no tiene salidas, el gobierno local despacha una comisión a Cali, donde el 14 de noviembre de 1839 se detiene al venezolano culpable, quien sin mucho trajín con prontitud confiesa el crimen, aunque explica sin ambages que lo hizo por cuenta de José María Obando, mas como el tigre Obando ya sostenía un alto poder en la política de Colombia e incluso había ejercido la Vicepresidencia de la República, nadie osó abrirle juicio penal por esta causa  del asesinato, y el problema con respecto a la inclusión de Obando siempre quedó en veremos y se tocaba apenas de soslayo.

Morillo fue llevado preso a Bogotá y allí se le siguió un juicio con toda objetividad legal. Declararon muchos testigos y el expediente, que luego se publicara, engrosó en demasía, incluso con las pruebas determinantes. Allí pudo demostrar el trujillano en descargo de la conciencia la cultura que llevaba por dentro con la elegancia de su hablar y la claridad de conceptos en cuanto a su arrepentimiento. Confeso en su culpabilidad el tribunal militar o Consejo de Guerra respectivo lo condenó a muerte para ser pasado por las armas de cuatro soldados, siendo pues fusilado a las cuatro de la tarde del 30 de noviembre de 1842 en acto solemne que se llevara a cabo en la hoy Plaza de Bolívar (Plaza Mayor), con delegados presentes de Artillería, Infantería y Guardia Nacional. Fue puesto en Capilla Ardiente dentro del cercano Cuartel de San Agustín, mientras dos sacerdotes escogidos, o sea Antonio Herrán, que luego fuera arzobispo de Bogotá, y Margallo, lo auxiliaran espiritualmente, una vez que el Presidente de Colombia (Nueva Granada), Pedro Alcántara Herrán, negóse a conmutar la pena. Ascendió al patíbulo con energía y entereza para pagar su culpa. El cadáver fue depositado para las exequias en la iglesia de la Veracruz, pero en la noche la caja mortuoria fue abierta, bajo la sospecha de que no había muerto.  Como epitafio de la Historia entonces alguien escribió, con certeza: “Hizo grandes servicios a la Patria”. Hasta aquí esta vida misteriosa e inverosímil del venezolano y trujillano Apolinar Morillo…

Fuente: Ángel Franco

Prof. Vladimir Rodríguez

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La batalla del Salado

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Cumaná ha sido escenario de crueles batallas. Una de ellas, librada en la sabana del Salado.

Transcurría el año 1814. Bolívar y Mariño fueron exiliados a Cartagena luego de una derrota estrepitosa. El ejército patriota había sido reducido. Y sus municiones eran pocas.

Debían enfrentar al bien apeltrechado ejército español, al mando del temido General Boves.

El día de la batalla, salieron al encuentro los patriotas, en la sábana que separaba la ciudad del mar. Ahí, resistieron el ataque realista.

Llegaba la noche, y la batalla continuaba. El astuto Boves ordena esconder a algunos jinetes en las colinas y logran engañar a los hombres de Piar, quienes atacaron sin conocer que por la retaguardia serían sorprendidos. Fueron derrotados y deben huir por el río.

La victoria se aseguraba para los realistas. Y Boves logra entrar a Cumaná. Ordena dar muerte a sus habitantes y se dice que frente a la iglesia parroquial. Actual Santa Inés, son asesinados más de 500 personas. Incluidos, Vicente y Magdalena Sucre y el músico autor de la música de nuestro himno nacional, Juan José Landaeta.

La población de Cumaná, fue arrasada al punto de tener más de 16.000 almas, y quedar luego de la guerra con solo 5000. De las cuales 3000 eran mujeres…

Prof. Vladimir Rodríguez

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El Padre y el Indio

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Esta estructura es una obra del artista ítalovenezolano Hugo Daini, erigida en 1965 durante el gobierno del Sr. Presidente Raúl Leoni para celebrar los 450 años de la fundación de Cumaná.

El indio representa a los aborígenes que poblaron nuestra región antes de la llegada de los europeos y el fraile representa a los religiosos que, en el proceso de evangelización pacífica de América, fundaron nuestra ciudad.

Las formidables estatuas, miden aproximadamente 3.6 metros y presentan dos figuras en una forma muy peculiar. El fraile está observando al indio, mientras este está mirando hacia el horizonte sosteniendo una lanza en su mano.

El complejo consta de dos platas. En la parte inferior durante algún tiempo funcionó un museo y la oficina del cronista de la ciudad. Y en la superior existe una explanada donde se encuentra el pedestal que soporta las esculturas.

En la entrada principal del monumento se encontraba grabado en bronce el escudo de la ciudad y en el Interior una secuencia de grabados que mostraban también en bronce, la historia de la fundación de Cumaná.

Lamentablemente, desde que este espacio público fue transformado en un recinto militar hace unos 3 años, se impide el acceso al monumento. Incluso se prohíbe tomar fotografías alegando ser zona militar.

También han desaparecido algunos elementos que formaban parte del complejo.

Fuente: Somos Cumaná

Prof. Vladimir Rodríguez

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Cruz de Mayo

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Sucre es una tierra de tradiciones, poseedora de una gran disposición colectiva hacia las festividades populares. Entre todas ellas, la Cruz de Mayo, que se ha convertido en una de las que sobrevive con mayor vitalidad y en la que confluyen las creencias religiosas de sus pobladores, con la capacidad de creación de la música y la poesía popular.

La Cruz tiene en casi todas las regiones del país el 03 de mayo como su fecha conmemorativa. En esta fiesta se hacen actos en su honor, se adornan con flores y palmas las cruces que se encuentran en sitios públicos y a sus pies se encienden velas y se colocan ofrendas. Pero los ritos más importantes son los llamados Velorios de Cruz, ceremonias que duran hasta el amanecer, en las que se combinan cantos, rezos y recitaciones frente a un altar especial y laboriosamente preparado para la ocasión, en patios de vivienda, edificios o plazas públicas.

En Sucre, a partir del día 3 y hasta el 31 de mayo, se organizan en poblaciones de toda la región, los Velorios de Cruz, en los que se cantan al compás de galerones y fulías, pero también de otros géneros de ascendencia local como las jotas, los puntos y las malagueñas; décimas y glosas. El acompañamiento musical se ejecuta con cuatro, guitarra, bandolín o bandola oriental, maracas y tambor cuadrado.

Lo que distingue a los Velorios de Cruz de la región, es el predominio del galerón como el aire musical más frecuente y la notable ascendencia hispánica que se detecta en las piezas compuestas por los cantantes, capaces de improvisar velozmente décimas dedicadas a relatar temas históricos, religiosos o mitológicos que cumplen una función similar a la de los juglares en el medioevo europeo.

Aunque el tema central es la exaltación de la Cruz, también son frecuentes las peticiones de lluvia para el buen riego del campo o agradecimientos por haberla concedido como aquélla de Luis Mariano Rivera que comenzaba diciendo:

«Saca la Cruz, mi María ponla en el patio ligero pa’ pedirle un aguacero que morimos de sequía».

Fuente: Fundación Bigott

Prof. Vladimir Rodríguez

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